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CAPÍTULO 35 "Días de espera" Los días pasan en Jores con una calma inquieta. No hay ataques. No hay gritos. Pero tampoco hay tranquilidad. La primera mañana después de los rumores, algunos vecinos se reúnen en la plaza con rostros tensos, hablando en voz baja. Señalan hacia los caminos del norte, hacia los campos, hacia el bosque que ahora observan con una cautela nueva. Las huellas siguen apareciendo. Grandes. Profundas. Inconfundibles. Pero cada vez más espaciadas. —Ya no sangra —dice un campesino una tarde, regresando con el rostro pálido—. Antes dejaba manchas oscuras en la tierra… ahora no. Otro asiente. —Se mueve mejor. La noticia corre rápido. El lobo morado sigue ahí. Y parece estar recuperándose. Dentro de la casa de Anastasia, el ambiente es más contenido, más disciplinado. Nadie habla del monstruo en voz alta durante las comidas, pero todos piensan en él. Se siente en los silencios, en las miradas, en la forma en que las puertas se cierran antes de que caiga la noche. Una semana comienza a tomar forma. Una semana de espera. Una semana de preparación. Las mañanas se llenan de trabajo. Leriana ayuda a Anastasia a atender a los vecinos, preparar ungüentos y clasificar hierbas medicinales. Se mueve con rapidez y precisión, aprendiendo cada día algo nuevo. Su libreta siempre está abierta, llena de anotaciones pequeñas y ordenadas. Anastasia la observa en silencio muchas veces. No dice nada. Pero sonríe. Porque ve progreso. Porque ve responsabilidad. Porque ve fuerza. Por las tardes, el entrenamiento se vuelve rutina. No es un entrenamiento militar. No es una preparación para la guerra. Es algo más sencillo. Más práctico. Más real. En el pequeño claro detrás de la casa, Anastasia coloca unas piedras y troncos como obstáculos improvisados. El suelo es firme, la luz suave, el aire tranquilo. Leriana se coloca frente a ellos. Respira. Se concentra. Levanta la mano. Una esfera de agua aparece en el aire, girando lentamente, obediente a su voluntad. La mantiene estable unos segundos, luego la transforma en una fina capa líquida que se extiende frente a ella. Un escudo. Sólido. Fluido. Controlado. Anastasia asiente. —Mejor —dice con calma—. Mantén la forma. Leriana aprieta ligeramente los labios, concentrándose. El escudo tiembla. Pero no se rompe. A unos pasos de distancia, Forau observa la escena apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Su postura es relajada, pero sus ojos siguen cada movimiento con atención. —Si ese escudo hubiera estado ahí hace una semana —comenta con tono ligero—, me habría ahorrado un par de golpes. Leriana baja el escudo y lo mira, ligeramente sonrojada. —Funcionó —responde. Forau levanta una ceja. —Sí —dice—. Pero siempre se puede mejorar. La joven frunce el ceño con una pequeña determinación. —Entonces enséñame. El silencio dura un segundo. Forau la observa. Y una leve sonrisa aparece en su rostro. —Bueno… —responde—. Primero tienes que aprender a no confiar en que yo vaya a recibir todos los golpes por ti. La frase provoca una pequeña risa en Anastasia. Leriana cruza los brazos. —No lo hago. Forau se encoge de hombros. —Claro que no —dice con tono suave—. Solo te colocas justo detrás de mí. El rubor vuelve a las mejillas de Leriana. Pero esta vez no baja la mirada. —Porque sé que no vas a dejarme sola. La respuesta es simple. Honesta. Y deja a Forau en silencio durante un instante. Luego desvía la mirada, rascándose la nuca. —Bueno… —murmura—. Intento mantener mi reputación. Anastasia observa la escena sin intervenir. Su sonrisa es pequeña. Casi invisible. Pero llena de comprensión. Las noches son más tranquilas. Más lentas. Más silenciosas. El pueblo se recoge temprano, y las luces se apagan antes de lo habitual. Los vecinos hablan menos, pero escuchan más. Cada sonido en la distancia parece importante. Cada crujido en el bosque se analiza con atención. Y, aun así… El monstruo no se acerca. Se mantiene lejos. Observando. Esperando. Sanando. Una tarde, un cazador llega a la casa de Anastasia con el rostro serio. —Lo he visto —dice. La habitación se queda en silencio. —Está más fuerte. Una pausa. —Las heridas casi han desaparecido. El peso de esas palabras se instala en el aire. Forau se encuentra sentado junto a la ventana, escuchando sin interrumpir. Sus dedos se apoyan sobre la madera, relajados, pero su mirada se vuelve más profunda. Más calculadora. Más consciente. El tiempo se está agotando. Sin embargo, entre la tensión y la espera, también hay momentos de calma. Momentos pequeños. Momentos humanos. Una tarde, Leriana se sienta en el jardín con su libreta abierta, revisando notas mientras clasifica plantas medicinales. Sus dedos se mueven con cuidado, ordenando hojas y raíces con paciencia. Forau se acerca despacio. Se detiene a su lado. Observa. Durante unos segundos no dice nada. Luego inclina ligeramente la cabeza. —¿Cuántas páginas llevas ya? Leriana levanta la mirada. —Treinta y dos. Forau silba suavemente. —Eso es más de lo que yo escribí en toda mi infancia. Ella sonríe. —¿No escribías? Forau niega con naturalidad. —Intenté hacerlo una vez. Una pausa. —Pero exploté el tintero. El silencio dura un segundo. Luego Leriana deja escapar una risa suave. Clara. Sincera. Forau la observa. Y, sin darse cuenta, sonríe también. No es una sonrisa amplia. No es ruidosa. Es tranquila. Cálida. Como si, por un instante, el peso del mundo fuera un poco más ligero. La semana avanza. Los rumores continúan. Las huellas siguen apareciendo. El lobo morado se recupera. Y en algún lugar, muy lejos de Jores, una respuesta comienza a viajar desde la capital. Todavía invisible. Todavía silenciosa. Pero cada día más cercana.
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