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- 6. Gustoso tormento ¿Por qué mierda lo hiciste? Es lo primero que Kotomi se pregunta al despertar, torcida en el sillón, con una pierna dormida y la seguridad de que cerró los ojos solo un segundo. Al menos alguien le puso una cobija encima, pero sus pies están helados. Así que se levanta con el pie izquierdo picoteado por miles de agujas. Se envuelve con la cobija y cojea hasta la cuna, donde duerme el culpable de todos sus desvelos. Es lindo y chiquito, con un frondoso pelo negro, regordete. Estuvo llorando durante horas por la fiebre. Ahora está quieto, demasiado silencioso, y la madre tiene que acercarse para verificar que su pecho se mueve, que de verdad está durmiendo y que no ha muerto. Mira el reloj: falta media hora para que su madre se levante a preparar el caldo. Se le cierran los ojos de sueño, pero va a la cocina y coloca el tubo enfriador en la olla que cuece huesos y cartílago de res desde hace ocho horas. Al abrir la válvula, el tubo recupera el vapor a presión que cae líquido en otro recipiente. La mujer saca las semillas, cebollas, tubérculos y hongos que complementarán el caldo. Debe aprovechar el tiempo que su hijo le regala. Tal como su madre, aplasta los ajos con el cuchillo, aunque no alcanza la maestría de su progenitora al pelarlos en un suspiro. Pica duros tubérculos, mientras el ajo se fríe con manteca al fondo del sartén que ha frito lo mismo durante 24 años. Siempre discute con su mamá sobre si verter primero lo más duro o lo aromático. Nayeli dice que hay que echar un poco de romero desde el principio; Kotomi dice que el olor se quema si lo hace así. Últimamente, quien llega primero a la estufa es la que decide. Tan concentrada está en el glorioso silencio de la madrugada que no siente a su mamá integrarse al trabajo. Apareció de pronto, cortando puerro y apio, sin el ahora infrecuente "ya hiciste tus gracias" por no seguir su receta. Otro que aparece como un fantasma es Ramiro, barriendo las cáscaras y desperdicios que caen al piso. Hace un año lo metieron al Voluntariado Juvenil y se tomó muy en serio eso de "ayudar a nuestros abuelos, tal como querríamos que nos traten las próximas generaciones". Sus hermanas también están en el Voluntariado, pero ellas no se levantan a ayudar. Terminan de guisar sin que la cría empiece a llorar, pero sus chillidos se desatan cuando sellan las ollas en el empaque térmico. Como si extrañara el olor de la comida. Nayeli le hace un gesto a su hija, y esta va por el niño, dejando a su madre preparar la carga con Tomo y Ramiro. Ese androide que, a pesar de su forma destartalada, se mueve con precisión y gracia, pero sin el pausado y melancólico silencio del viejo Tomo. Kotomi no carga a su hijo: lo deja llorar bajo el velo térmico mientras busca las mudas de ropa, pañales y biberones. Una vez lo tenga entre los brazos, todo será más lento. No encuentra los pañales y su sobrino le ayuda a buscar hasta que llenan su bolso. —¡Ya carga al niño, cabrona! Reclama Nayeli desde la sala, el pequeño les da tregua al sentir la cercanía de su pecho. Mientras el crío se alimenta, Kotomi nota la suciedad en el pañal. Otra vez debe elegir entre cambiarlo o dejar que se sacie en silencio. —¡Cuídate, abuela! ¡Nos vemos, tía! Grita el chico cuando ambas mujeres y el androide han cargado todo en el ascensor. Solo Nayeli le devuelve la despedida, pues Kotomi se duerme por una fracción de segundo. Despierta alarmada y Tomo la sostiene. El movimiento altera al bebé a su espalda, que con furia trata de liberarse de la mochila que le encapsula.
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- lite
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