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- Casi la atropellan al cruzar la calle, el conductor le pita y ella a punto está de aventarle la urna con cenizas. Sigue su camino a ninguna parte, acercandose a esos niños que juegan a la pelota entre risas y leperadas. Quisiera gritar al cielo por ofenderla con su belleza, quisiera exigir que los niños callen su alegría, quisiera sentir algo. Se topa con la estatua dedicada a su amiga y se da cuenta de que no ha caminado sin rumbo.Es la imagen de una astronauta, los imperiales la trataron de destruir y sus ruinas existen entre los heroico y lo grotesco, epico. Su bronce está derretido de forma grotesca, pero eso exalta el carácter heroico del monumento. Se ve como una santa heroica que emerge del fuego con el puño en alto, algo que nunca fué, al menos no en la tierra. –Hola, perra idiota... Le espeta al monigote metálico y unos niños rien a su espalda. Kotomi imagina que ella le respondería algo así como: –¿Porque tan triste, imbécil? ¿Quieres un poquito de mi lástima? La mujer se sienta en el pasto frente al monumento. A los pies de la estatua hay velas, flores e iconos de la Vírgen de las Barricadas. –No quiero nada de ti... Te ves como lo que siempre fuiste, un montón de mentiras escondiendo a una pervertida egoísta y cobarde. –Jujuju, mira, tu lengua cayó hasta acá de la mordida que le diste. Te volviste amiga de mi mamá solo para poder entrar a mi casa y acosar a mi hermano. Y ahora que tú amiga está enferma, no te atreves a ir y visitarla. Me sorprende que tuvieras huevos para venir por el fiambre de tu hija. –Callate, estúpida, fuiste una mierda toda tu vida, pero te dan baños de pureza solo porque salvaste a tu padre. Hasta le pusieron tu jeta a una virgen, al menos en eso acertaron, de seguro aún eres virgen. Unos niños la llaman loca, pero callan de pronto. Imagina a una madre alejándoles de esa loca que insulta a una estatua. –Uy, perdón por quitarte el puesto de santa Kotomi. Solo fingías ser la buena onda para quedar bien con mis papás, huérfana arrimada. Y toda esa pantomima, ¿para que? Para cogerte a mi hermano y castigar a tu verdadera madre. Nunca le perdonaste a tu madre que siguiera con su vida después de la muerte de tu papá. Mocosa estupida. La Tomoko imaginaria parece regodearse en el dolor de Kotomi, la mujer trata de disculparse con sí misma. –Al menos yo tenía un pretexto para ser una mierda, tu lo tenías todo. Tu padre te quería, tu madre te apoyaba, tu hermano te quería a pesar de la vergüenza que le dabas... en cambio, yo le estorbaba a mamá... y aún así... –No cambies el tema, perra lastimera. Llamabas papá a mi padre, pero, ¿Que hiciste cuando te ofrecieron un lugar en la Recua? No tuviste los huevos para salvar a tu Papi adoptivo. Tu eras apta para el viaje a Kepler, pero ya tenías a tu macho, ¿no? Tomoki ya era tuyo, nadie se enteraría de que dejaste morir al viejo, ¿verdad? Por eso me odias, porque yo si tuve los huevos para subirme a esa puta nave. Kotomi se encoge, aceptando que "la perra idiota" se ganó el puesto de heroína y santa. –¿Porque incluso ahora tenemos que estar peleando, estúpida? –Ey ey ey, no me eches a mi la culpa, este delirio es cosa tuya. Es posible que yo ya sea una mejor persona allá arriba, pero como tú todavía eres una mierda, quieres creer que aún lo soy. Kotomi se aprieta a la urna, apenas notando al niño que se le acerca para pedirle que se mueva. Alguien con voz adulta le dice que la deje en paz. –¿Sabes que creo, Kotomi? Lo que más odias de mi, es que somos la misma mierda... –Cállate... –Te quedaste a pelear en Chiba con tus hijos, aún cuando te ofrecieron llevarte junto a Tomoki, y aún así crees que eres una cobarde. Criaste a muchachos que no se derrumbaron ante la advercidad, pero sigues creyendo que eres una mala madre. Tu administraste los talleres que armaron a tu gente y sigues creyendo que no te mereces está vida. ¿Crees que me fuí al otro lado del cosmos creyendo que soy una heroína? De seguro aún creo que soy una mierda... Porque somos la misma mierda... hermanita. –Jodete, perra...
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From below at a dramatic Dutch angle, the composition captures a tall blonde woman confronting a small elven girl on a scorched open meadow just as a massive bomb detonates. In the foreground, the tall woman stands firmly anchored with her weight planted on her forward boot, one white-gloved hand clamped tightly against her hip and the other curled into a tense fist at her side. Her face is locked in a severe angry scowl, with sharply furrowed eyebrows, narrowed cerulean blue eyes glaring directly downward at the child, and a tightly clamped jaw radiating stern fury. Her high blonde ponytail and royal blue capelet whip forward, caught in the violent air currents of the blast. A few paces ahead, the small elven girl freezes mid-scramble, her small brown boots skidding across the turf and both red-gloved hands gripping the leather straps of her bulky brown rucksack against her chest. Her pointed ears droop slightly beneath a large red beret adorned with a white feather, and her wide red eyes cast a sheepish, guilty sidelong glance up at the towering woman alongside an apologetic, sweating grin. Directly behind the small girl, a violent explosion billows upward into a massive fireball of brilliant incandescent yellow and deep fiery orange, churning into thick charcoal-grey smoke clouds that loft clods of earth and glowing red embers into the air. The invisible concussive shockwave flattens the surrounding emerald grass outward in crisp, concentric radial spokes away from the blast center, sending the edges of both subjects' clothing fluttering violently. Blinding warm amber light from the detonation radiates across the midground, carving vivid orange rim light along the contours of both figures while casting long, sharp shadows forward across the churned field beneath the crisp blue sky. Comedic exasperation, volatile chaos.
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