ES-Leriana-Ya no estás solo
CAPÍTULO 50 "Ya no estás solo" Los días vuelven a avanzar con tranquilidad en Jores. La tensión que había permanecido sobre el pueblo desaparece poco a poco, como una tormenta que finalmente termina alejándose del horizonte. Los caminos vuelven a llenarse de voces, las ventanas permanecen abiertas hasta tarde y el bosque deja de sentirse como una amenaza constante observando desde la distancia. Incluso la casa de Anastasia parece respirar de forma distinta. Más ligera. Más viva. Bermen y su destacamento permanecen todavía un par de días más en el pueblo antes de regresar a Durgen. La convivencia termina volviéndose sorprendentemente natural. Los soldados ayudan cuando pueden, Anastasia continúa con su trabajo habitual y Naelis, aunque siga siendo reservada, deja de parecer una visitante ajena. Forau también parece más tranquilo. No completamente. La maldición sigue ahí. El dolor sigue presente. Pero algo ha cambiado. Y él mismo lo nota. La tarde cae lentamente sobre el pueblo cuando Forau aparece en la entrada de la casa con la túnica ligeramente abierta y una expresión inusualmente relajada. Lleva las manos en los bolsillos interiores mientras observa el cielo teñirse de tonos anaranjados. Dentro, Leriana termina de organizar varios frascos sobre una mesa antes de levantar la vista hacia él. Sus miradas se cruzan. Y ambos sonríen apenas. Naturalmente. Como si ya se hubieran acostumbrado a buscarse sin darse cuenta. Forau se acerca despacio. —He estado pensando algo. El tono de su voz hace que Leriana deje inmediatamente lo que estaba haciendo. —Eso suena peligroso. La respuesta sale casi automática. Y Forau deja escapar una pequeña risa suave. —Lo es. Normalmente las peores cosas que me han pasado empezaron así. Leriana niega levemente con la cabeza, conteniendo una sonrisa más clara. Entonces él se detiene frente a ella y, durante un instante, parece dudar ligeramente antes de hablar otra vez. Solo un poco. Lo suficiente para que ella lo note. —La última vez que intenté invitarte al estanque apareció un lobo gigante e intentó matarnos —dice finalmente—. Pensaba que quizá podríamos probar otra vez ahora que el bosque ha decidido dejar de odiarme temporalmente. Leriana lo observa unos segundos. Y algo cálido se instala lentamente en su pecho. Porque entiende lo que realmente está haciendo. No es solo una invitación. Es un intento de continuar. De recuperar aquel momento interrumpido. De avanzar. —Creo que esta vez las probabilidades están más a nuestro favor —responde con suavidad. Forau inclina apenas la cabeza. —Eso espero. No estoy seguro de sobrevivir a otro discurso estratégico de Bermen en mitad de una cita. La pequeña risa que escapa de Leriana esta vez es más clara. Más natural. Más libre. El camino hacia el estanque se siente distinto ahora. Más tranquilo. Más familiar. El bosque vuelve a sonar vivo otra vez; el viento mueve las hojas con suavidad y el murmullo del agua puede escucharse antes incluso de llegar al claro. Cuando finalmente aparecen frente al estanque, el reflejo anaranjado del atardecer cubre la superficie del agua con una calma casi irreal. Durante unos segundos ninguno de los dos habla. Simplemente observan el lugar. El mismo sitio. Y, al mismo tiempo, uno completamente distinto. Forau se sienta primero cerca del agua, dejando escapar una pequeña exhalación cansada mientras estira ligeramente una pierna. Leriana se acomoda a su lado poco después, dejando el morral cerca de ella. El silencio entre ambos ya no es incómodo. Hace días que dejó de serlo. Ahora se siente… tranquilo. Cómodo. —Gracias —dice Forau de repente, sin apartar la vista del agua. Leriana gira ligeramente la cabeza hacia él. —¿Por qué? Él tarda un momento en responder. Como si estuviera buscando la forma correcta de decirlo. —Por quedarte. La respuesta es sencilla. Pero sincera. —Podrías haberte alejado cuando viste cómo reaccionaba la gente. Cuando viste la maldición. Cuando entendiste lo que implica estar cerca de mí. Hace una pausa breve y deja escapar una pequeña sonrisa cansada. —La mayoría lo hizo. Leriana guarda silencio unos segundos. Observándolo. Entendiéndolo. Más de lo que él imagina. Luego baja la mirada hacia sus propias manos antes de hablar con calma. —Cuando era pequeña, mis padres me enseñaron que proteger a alguien no significa alejarse cuando las cosas se vuelven difíciles. Significa quedarse incluso cuando da miedo hacerlo. El viento mueve suavemente varios mechones marrones con reflejos amarillos alrededor de su rostro. Forau no aparta la mirada de ella. Ni siquiera lo intenta. —Además —continúa Leriana con una pequeña sonrisa apenas visible—, eres bastante difícil de ignorar. Eso arranca una risa baja en Forau. Suave. Real. Y por un instante parece mucho más ligero. Mucho más joven. El silencio vuelve después. Pero esta vez está lleno de algo distinto. Algo cálido. Algo que ninguno de los dos necesita nombrar todavía. Leriana observa el reflejo del agua unos segundos más antes de hablar de nuevo, esta vez en un tono más bajo. Más sincero. —Ya no estás solo, Forau. Las palabras son simples. Pero el efecto que tienen en él es inmediato. Forau se queda quieto. Completamente quieto. Porque nadie le había dicho algo así en mucho tiempo. Quizá demasiado tiempo. Su mirada baja lentamente hacia el agua. Y, durante un instante, la máscara tranquila que siempre mantiene parece resquebrajarse apenas un poco. No responde enseguida. No puede. Finalmente deja escapar una pequeña exhalación y sonríe con suavidad. Una sonrisa distinta a las demás. Más vulnerable. Más sincera. —Entonces intentaré no acostumbrarme demasiado rápido. Leriana lo mira con una mezcla de ternura y cansancio divertido. —Llegas tarde para eso. Y ambos terminan riendo suavemente mientras el sol termina de ocultarse tras el bosque. Muy lejos de allí, cerca de la capital Durgen, una figura permanece sentada frente a una mesa cubierta de documentos y mapas. La habitación está en silencio. Solo el sonido lejano del viento contra las ventanas rompe la quietud. Arcanis sostiene una carta entre las manos. Su cabello corto, canoso con reflejos dorados, brilla tenuemente bajo la luz de la lámpara. Sus ojos amarillos recorren lentamente cada línea escrita por Anastasia, deteniéndose más tiempo del necesario en ciertos fragmentos. El combate. La resistencia de Leriana. La enorme cantidad de magia utilizada. El hecho de que mantuviera a todo el grupo en pie. El anciano cierra los ojos un instante. Y suspira. Un suspiro pesado. Cansado. Como alguien que acaba de confirmar un miedo que llevaba demasiado tiempo esperando. Sus dedos aprietan ligeramente la carta. Luego abre los ojos otra vez. Serios. Pensativos. Y murmura en voz baja: —Así que finalmente ha comenzado… La luz de la habitación tiembla suavemente. Y el silencio vuelve a ocuparlo todo.
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